El viaje más triste


Cuando el dolor tira de la maleta, el reloj se deshace. Las horas se funden y como en “La persistencia de la memoria” de Dalí, cada esfera te desvía a un tiempo. Y te lanzas del avión a la lanzadera, del tren al taxi, arrastrando la maleta con el corazón desbocado, con la hora real sobre la muñeca y con la hora que desearías escondida en los pliegues de la memoria y el anhelo: volver a la infancia en la que todos estaban, llegar a tiempo para dar un beso a la vida que se tambalea, aturdida, sobre la cuerda floja sin red…


Tres relojes y un destino. Como cuando abres la maleta para buscar no sabes qué y los recuerdos y las querencias se desparraman mientras la azafata te pide que por favor vuelvas a tu asiento. Turbulencias. Y tú sin sentirlas porque todo en ti se mueve desde que compraste el billete para el viaje más triste... Solo de ida porque todavía no puedes ni sabes ni quieres pensar en la vuelta.

Y te acuerdas de los buscadores, insensibles a tu dolor, sin darte opciones rápidas para llegar a tiempo, viendo sin ver porque la pantalla se empaña de lágrimas… De las esperas, de ese tiempo sin tiempo en el que tanto importa el tiempo, mientras una voz en inglés te dice que el retraso se debe a problemas de tráfico en Barajas...Siempre es otro el que tiene la culpa, te dices en la cola en la que la mayoría, pese a la dilación, cuenta y no para de las excelencias de la escapada, como tú harías en otras circunstancias, en otro tiempo, en otro aeropuerto y rodeada del cariño de los tuyos.

Porque ahora viajas sola, esperas sola, sufres sola, recuerdas sola… ¡y hay tanta gente! Pero en realidad no deseas hablar, ni siquiera sentir, solo llegar a tiempo. Y las ciudades que salen a tu paso lloran contigo. Y del gris se asoma un guiño de color cuando ves la Cibeles y recuerdas su pasión por el fútbol, tan ajena a ti, pero te tranquiliza porque te regresa a la vida, a su vida, y a tu país, ya estás por fin en España, ahora un AVE más, un taxi y al hospital…otros van al tanatorio, porque el destino del viaje ya estaba decidido de antemano

Es el viaje más triste, el de la duda o el de la certeza, ambos durísimos y a contrarreloj aunque en el primero, todavía, se asome la esperanza. Te quiero, papá.